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Una historia de piratas
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Una historia de piratas

Reconozco que me abstengo de comprar volúmenes piratas, por una especie de solidaridad con el gremio, pero no puedo sino elogiar la existencia de otras alternativas para hacerse de libros, como en el caso de las publicaciones electrónicas.

 
Manuel Llanes.
Es fin de semana y el Centro Histórico está lleno de ambulantes y peatones. En los alrededores de la Librería Porrúa, precisamente en la esquina contraria, hay un puesto de libros piratas, donde las carísimas ediciones de Alfaguara pueden encontrarse en la tercera parte de su precio original. El parecido es enorme: la portada ya no luce los colores vivos del original, pero el descuento es tentador, como todo lo incorrecto.

Estoy de visita en la Ciudad de México. Esta tarde, la dedico a pasear entre los viejos edificios de la zona, de la mano de una atractiva mujer morena, una caminata donde el privilegio es del azar, el guía no autorizado de nuestros principales hallazgos. En mi pequeña y caótica ciudad, al noroeste de la República, no es fácil encontrar libros clonados (ni siquiera eso), tal vez porque el interés principal de los piratas es la música popular. Un reparo me impide desembolsar un billete y aprovechar la ganga, porque en el mundo de los piratas no existe la palabra regalías y el autor legítimo es la víctima principal del abordaje.

Sin embargo, así como me abstengo de comprar volúmenes piratas, por una especie de solidaridad con el gremio, no puedo sino elogiar la existencia de otras alternativas para hacerse de libros, como en el caso de las publicaciones electrónicas. El Proyecto Gutenberg, por ejemplo, que reúne algunas obras enigmáticas y difíciles de conseguir, como el “Tristam Shandy” o el “Tom Jones”, que ni siquiera están en el exhaustivo catálogo de los Porrúa.

Además, para un autor desconocido como yo, esfuerzos como el de la editorial mexicana Crunch!, del poeta Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal, que ofrece libros de autores reconocidos como Gabriel Trujillo o Rafa Saavedra, me parecen muy pertinentes en un mercado que se ha distinguido por sus precios altos, inaccesibles para el público. (Solamente una editorial como Crunch! habría aceptado publicar mi libro de ensayos “La verdad maltrecha”, una reflexión acerca de la “Robinson Crusoe”, “Alicia en el país de las maravillas” y la novela moderna, un acto de generosidad que no es común en el mercado literario).

Por eso no me apresuro a condenar la piratería, que no es sino una reacción a la existencia de un artículo de primera necesidad encarecido, como es el libro, que de ser económico no estaría en los estantes del bucanero. Por eso a los libreros y editores les toca aprender la lección que la industria disquera nunca ha comprendido del todo: hay que buscar opciones para que el lector regrese a los libros (las versiones en línea, en pdf, gratuitas, como lo hace Crunch!, por ejemplo) y prefiera los colores vivos del original, en lugar de la satisfacción opaca de atesorar un libro pirata cuya existencia castiga a las personas que admiramos.

Escribe: Manuel Llanes, escritor mexicano (Hermosillo, 1972). Ha publicado Tiempo de tréboles (1991) y La verdad maltrecha (2006). Además, posee una bitácora electrónica llamada http://casimposible.blogspot.com. Email: mllanes_2000@yahoo.com.

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